Si hay un monumento que simbolice Segovia ese es el acueducto, declarado Patrimonio Mundial por la Unesco en 1985.
El acueducto lleva siendo la vértebra segoviana desde los tiempos en que los romanos ocupaban el territorio, en concreto, durante la segunda mitad del siglo I y II, cuando gobernaron los emperadores Vespasiano y Trajano. Esta obra de ingeniería es considerada una de las más importantes de España y Europa y su grado de conservación es excelente.
El objetivo de la obra era transportar el agua del río Acebeda hasta la ciudad. Su extensión comienza cerca del Palacio de la Granja hasta la cisterna conocida como el Caserón. Más adelante, un canal de sillares transporta el agua hasta una segunda torre, cuando llega a la plaza de Díaz Sanz es cuando empezamos a ver los arcos monumentales tan característicos.
Es una obra que impresiona a cualquiera que observe. Está compuesta por 20.400 bloques de piedra unidos entre sí sin utilizar masa ni cemento, encajados milimétricamente. Se trata de un equilibrio de fuerza, resulta imponente.
Cada generación, a su manera, ha conservado el acueducto. Los Reyes Católicos fueron quienes realizaron la primera gran obra de reconstrucción, reedificando 36 arcos, respetando la obra original. En otra intervención, se colocó una imagen de la Virgen de la Fuencisla y San Esteban (siglo XVI). Como curiosidad, el acueducto llegó a proveer agua al Alcázar de Segovia.
Si vas a Segovia es casi imposible no ver el acueducto, para completar la experiencia recomendamos contratar alguna visita guiada y, por supuesto, realizarse la típica foto con él de fondo.